La isla de Sal, en Cabo Verde, abandona su condición de paraíso erosionado con vistas a convertirse en uno de los gigantes turísticos del mañana. Un cambio cimentado por una acelerada remodelación, unas magníficas playas color turquesa y la filosofía de unos locales que permiten que la vida, ante todo, fluya libre de tensiones al compás de sus ritmos isleños.

Isla de Sal: entre África y el Caribe

El Bar Di Nos y casitas de colores en el barrio local de Santa María, el punto más importante de la Isla de Sal, en Cabo Verde.

“No stress”son las dos palabras que más escucharemos a lo largo y ancho de Sal, la isla más oriental del archipiélago atlántico de Cabo Verde y situada a 600 kilómetros de la costa de Senegal. A nuestra llegada, páramos ocres y salinas redundantes (como las de Pedra de Lume, principal motor industrial de la isla en el siglo XIX) se despliegan sobre esta alargada isla incluyendo atracciones como el Olho Azul, un agujero en la tierra volcánica que hace el amor con el océano, o la olvidada capital de Espargos. Finalmente, el paisaje lunar explota en el principal foco turístico de la isla: la ciudad de Santa María, en el extremo sur de la misma.

Llegamos a Santa María tras una travesía en un taxi forrado de tapices y descontrolado por una carretera polvorienta, sin apenas señales de tráfico y cientos de futuros hoteles agolpándose en mitad del paisaje lunar. Una vez llegamos al sur, se podría decir que Santa María se divide en tres partes: la residencial, la turística y la autóctona. La primera a la que nosotros llegamos fue a esta última, un conglomerado de casas de colores erosionados, ropa tendida en descampados y perros, muchos perros tomando el sol en rincones propicios. Nuestro hotel, el Dourada, es uno de los pocos de esta zona y una opción más que recomendable para quienes viajen con poco presupuesto y deseen entablar un contacto más local.

A medida que fuimos recorriendo las calles de esta localidad de no más de 25 mil habitantes nos encontramos con dos caras totalmente diferentes y, a la vez, tan perfectamente fusionadas. La Santa María criolla, la local, se compone de calles sin asfaltar, casas de colores pastel que recuerdan a una singular Cuba africana, o la cotidianidad de unos locales que imprimen personalidad a este particular collage exótico. Desde un tejado, el ritmo de acordeón del funanás se cuela entre las terrazas vecinales, en la calle los niños juegan a fútbol descalzos y en la terraza de un bar (el recomendable Bar Di Nos, cercano al Mercado Municipal, por ejemplo), una propietaria decidida sirve brochetas de pescado y galinha con patata dulce compitiendo con esa otra cara de la ciudad que, poco a poco, parece abrazar al resto.

 CABO VERDE – SAL

La Santa María turística no tardó en llegar, desplegando un plantel de resorts, bares, discotecas y tiendas que invita al turista a admirar el conjunto desde una posición más familiar, especialmente en unos tiempos en los que este archipiélago, junto con Canarias, recibe a todos aquellos viajeros que comienzan a rechazar un Magreb convulso como destino vacacional. Turistas que, no obstante, no pueden resistirse al huracán de sensaciones que supone una isla de Sal en la que la cultura criolla incita a adoptar una particular filosofía del relax que puede apreciarse, entre otros lugares, a lo largo en ese paseo marítimo en construcción que nos conduce hasta la magnífica playa de Santa María.

Cabo Verde-Sal
Playa de Santa María, en la isla de Sal.

Kilómetros de arena blanca y aguas transparentes franquean una costa sur cuyo horizonte queda moteado por los colores de sus barcas de pescadores y las cometas del kite surf, ya que esta playa es uno de los mejores lugares para practicar deportes acuáticos. Desde la orilla, un local corre entusiasta con un cubo de peixe fresco para ofrecerlo a los restaurantes, y las vendedoras pintan cuadros de tortugas (el animal insignia del archipiélago) mientras el tiempo transcurre y el simple hecho de ser espectador de este nuevo paraíso se convierte en el mejor de los regalos.

Isla de Sal: información práctica

En definitiva, si estáis pensando en un destino tranquila para visitar en el continente africano, que tenga playas de ensueño y el ambiente de fusión sea un aporte no lo dudéis, Cabo Verde es el lugar. Igualmente os dejo algunos consejos prácticos, casi todos ellos a la hora de estar en Santa María:

El visado cuesta 25 euros y se puede pagar en tarjeta o efectivo en la aduana.

Si buscáis alojamiento en Santa María, el hostal Dourada está muy bien, en el barrio más “pobre” eso sí, pero muy amplio y bien de precio.

Para comer, el mencionado Bar Di Nos es genial, está entre la zona turística y la local, lo llevan vecinos de allí y un plato combinado te gusta 5 euros con arroz, patata, carne o pescado y ensalada. En la Creperie Sol-Doce, junto al Pontão de Santa Maria también se puede comer bien y barato, desde crepes hasta pescado fresco a buen precio.

Para tomar unas copitas el mejor lugar es el Reggae Rooftop Bar, el ambiente es genial. Si queréis algo más barato, en el Chill Out o el Kalema hay copas por menos de 3 euros.

Se puede pagar con escudos y euros, todo mezclado, allí no le hacen ascos.

En lo que respecta al wifi en Santa María, algunos bares cobran un pequeño suplemento si estás mucho tiempo en el local, la única solución para conseguir conexión si no te hospedad en un resort o un hotel de mínimo 3 estrellas.

 

CABO VERDE

Recuerdo que mientras escribía en un cuaderno parte de los textos que forman este artículo, un vendedor de bubusy pulseras se aproximó a la terraza en la que estaba, intentando hacer negocio. Yo le respondí que No, seguido de un “Obrigado” que nunca estuve seguro de pronunciar correctamente. Y él, con la mejor de las sonrisas, me respondió Don’t worry. . . No stress, el lema que siempre flota en la atmósfera de una isla de Cabo Verde (o más bien Aguamarino) de la que se hablará aún más en un futuro no tan lejano.

 

 

Isla de Sal, en Cabo Verde
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